Con la llegada del verano, una de las preocupaciones más comunes, principalmente entre las mujeres es el aumento de las molestias en la zona íntima. Existe una creencia muy arraigada, que señala al bañador húmedo como el principal responsable de las infecciones. Sin embargo, la ciencia nos indica que la realidad es algo más compleja ya que permanecer un rato con el bañador mojado no produce por sí mismo una infección.
Las infecciones no aparecen simplemente por la existencia de humedad, sino cuando determinados microorganismos consiguen multiplicarse más de lo normal. Durante la época estival coinciden varios factores que favorecen este escenario, como el calor extremo, el sudor, el uso frecuente de piscinas y playas, un posible aumento de las relaciones sexuales y, en ocasiones, hábitos de higiene inadecuados que alteran el equilibrio natural del ecosistema vaginal.
El papel vital de la microbiota y el pH vaginal
Para entender cómo protegernos, debemos saber que la vagina está habitada por millones de microorganismos beneficiosos, principalmente del género Lactobacillus. Estas bacterias son nuestras grandes aliadas porque producen ácido láctico, el cual mantiene un pH normal entre 3,8 y 4,5. Este ambiente ácido actúa como una barrera natural que dificulta enormemente la proliferación de patógenos; mientras los lactobacilos predominen, todo permanece en equilibrio.
El problema surge cuando ese delicado balance se rompe por motivos diversos como el uso de antibióticos, el estrés, los cambios hormonales (tanto en en edad fértil como en menopausia), o el uso de jabones agresivos que no respetan la acidez de la zona. Mantener la zona húmeda y caliente durante un tiempo prolongado puede favorecer que algunos microorganismos se aprovechen de la situación para multiplicarse, pero siempre partiendo de un desequilibrio previo en esta microbiota protectora.
Identificar el problema: candidiasis, vaginosis e infección urinaria
Es fundamental no tratar todas las molestias íntimas de la misma forma, ya que a menudo se confunden tres problemas distintos.
La candidiasis, causada generalmente por el hongo Candida albicans, se manifiesta con un picor muy intenso, enrojecimiento y un flujo espeso blanquecino. Por otro lado, la vaginosis bacteriana ocurre cuando disminuyen los lactobacilos y aumentan las bacterias patógenas, presentando un flujo más líquido con un olor desagradable a pescado. Por último, las infecciones urinarias, afectan al aparato urinario y se identifican por el escozor al orinar y la necesidad constante de ir al baño. Ante cualquiera de estos síntomas, es imprescindible acudir al médico para obtener un diagnóstico individualizado, especialmente si existe dolor intenso, fiebre, sangrado inusual o si los síntomas persisten, ya que la automedicación podría empeorar el cuadro.
Claves de higiene para proteger sin destruir
La mejor estrategia de prevención es respetar la microbiota vaginal, lo que comienza por algo tan sencillo como evitar los jabones alcalinos que aumentan el pH y destruyen las defensas naturales. El objetivo no debe ser limpiar más, sino limpiar sin agredir; para ello, se recomienda el uso de geles íntimos específicos que incorporen ingredientes con evidencia científica como el ácido láctico, prebióticos que sirvan de alimento a las bacterias buenas, o aloe vera y caléndula por sus propiedades hidratantes y calmantes.
Mención aparte merece el aceite de árbol del té, conocido por su actividad antibacteriana y antifúngica; sin embargo, es vital no aplicar nunca aceite esencial puro en la zona íntima, ya que puede provocar quemaduras graves. Solo debe utilizarse cuando forma parte de un producto específicamente formulado en concentraciones seguras. Asimismo, la evidencia científica es tajante respecto a las duchas vaginales internas: están totalmente desaconsejadas, pues nuestro organismo ya posee un sistema de limpieza eficaz y el agua interna desregula el pH y arrastra la microbiota protectora.
En conclusión, la mayoría de las infecciones estivales aparecen porque el ecosistema vaginal se desequilibra ante los cambios de hábito. Por ello, la estrategia ganadora este verano consiste en cuidar la microbiota y respetar el pH fisiológico para que nuestras defensas naturales puedan actuar a pleno rendimiento.